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lunes, 19 de octubre de 2015

Verduralandia

Foto: Marta Santos
Verduralandia era el país favorito de todos los niños.

Sólo tenía verduras y frutas frescas para comer, pero las había de tantos tamaños, texturas y sabores diferentes, que sus sentidos se perdían entre tamaña y deliciosa oferta. Por si fuera poco, también muchas de estas verduras tenían sabor a chocolate. Era tan sumamente fácil comer sano allí, que ninguno de sus habitantes tenía que someterse a dieta ni tenía niveles altos de colesterol.


En los estantes de los supermercados se almacenaban las verduras, frescas y etiquetadas por sabores. La tarta de verdura con sabor a vainilla era de las más solicitadas, aunque la de sabor a chocolate seguía siendo la reina.
Los niños rara vez se ponían enfermos, pero cuando lo hacían, tres o cuatro días de reposo acompañados por un caldito de verduras caliente eran suficientes para sanar todos sus males.
Había tantísimas frutas y verduras en aquel país, que cuando sobraban se hacían concursos. Uno de ellos era el de la talla del tomate. 
Como podréis suponer, el concurso de la talla del tomate consistía en realizar complejas figuras y estatuas, utilizando para ello tomates a los que daban las formas más caprichosas. Había esculturas realmente grandes, puesto que también se podían aglomerar los tomates para formar una mole tan grande como se quisiese. 
De todos los concursos anuales que se celebraran aquel país, el de la talla de tomates era el más famoso. Reunía cada año a escultores venidos de todas las puntas del país, que se dirigían con sus cuchillos hábiles a Ciudad Verdura, la capital del país y sede del campeonato. A veces se admitían incluso a ciudadanos de otros países. Aunque los franceses, todo hay que decirlo, no eran muy bien recibidos en el concurso de la talla del tomate.
En el año del que vamos a hablar, la plaza en la que se exponían los trabajos finalistas se hallaba muy concurrida. En el centro se había colocado la escultura del ganador del año pasado, que consistía en un barco gigante con un montón de velas y cañones, todo ello esculpido con tomates. Había sido conservado en un enorme congelador para poder ser mostrado de nuevo este año. Los niños que más se acercaban a ver el barco podían incluso discernir algunas figuras encaramadas a los mástiles o asomadas a cubierta, realizadas también con la hortaliza roja.
Además de esta escultura, que era la que más gente atraía, se encontraban las obras que entraban a concurso este año. Estaban colocadas alrededor de la escultura del barco, formando dos anillos concéntricos entre los cuales se desplazaba la multitud.
¡Mamá, mamá! ¡Mira aquella estatua! ¡Es un señor que hace pan!
En efecto, una de las piezas consistía en la representación de un panadero, con sus barras, sus baguettes e inclusive el horno donde cocía el pan. También había una escultura de un frutero, con sus cajas de frutas todas ordenadas; otra de un niño en monopatín; otra que  consistía en un decorado del fondo del mar, con algas, peces, medusas y otros seres marinos... Y había una muy pequeña, casi invisible para los regueros de personas que merodeaban por la plaza, que consistía en una pequeña mariposa encima de una flor. Al lado de las otras obras quedaba ciertamente deslucida, y casi no llamaba la atención. Se escondía entre la estatua de un marinero y otra muy original que representaba a una moto. Su autor era un niño de diez años que padecía síndrome de Down. Sus padres no lo habían dejado presentarse, pero él, a escondidas, había rellenado la ficha de inscripción.
No ganarás —le decía su padre—. Piensa que a ese concurso se presenta gente mucho más mayor y más preparada que tú, y por mucho que te guste esculpir los tomates, no puedes hacer nada contra ello. Pero tómalo como un pasatiempo —continuó, dándole una palmada en la espalda.
El niño se puso a llorar desconsoladamente.
No te preocupes, cariño. —Su madre trataba de animarlo—. Ya verás cómo cuando te vayas haciendo mayor vas esculpiendo mejor, y vas cogiendo práctica para presentarte al concurso. Algún día, serás capaz de hacer una estatua tan bonita, tan bonita, que sea la envidia de todas. Y seguro que consigues ganar, ya lo verás. —Al verlo más consolado, su madre terminó por darle una palmadita en la espalda también. En el fondo, tenía la esperanza de que el niño abandonara su loca idea para el año siguiente.
Sin embargo, él no dejó de darle vueltas a la idea. A escondidas de sus padres, sin que le vieran, se fue a la frutería a comprar un kilo de tomates, que guardó en su habitación. Lo hizo el día anterior al concurso, por la mañana, y se pasó toda la tarde dándole forma a su mariposa y a su flor. Él creía que era una escultura bonita, y, si no podía conseguir ganar, al menos lograría exponerla y que alguien la viera al pasar por entre las otras magníficas obras.
Esa tarde en que la llevó a la plaza, el sol ofrecía un brillo especial. Todas las estatuas de tomates brillaban, relucientes. El niño se acercó hasta la mesa central, donde repartían las acreditaciones, y allí le indicaron varias opciones donde podría colocar su pequeña estatua. Eligió un reducido espacio entre una estatua de un marinero y la de una moto, porque siempre le había atraído la idea de convertirse en un surcador de mares, o de tener su propia motocicleta.
Se pasó toda la tarde sentado al lado de su obra, viendo cómo la gente iba y venía, observando todas las piezas presentadas a concurso. Algunas suscitaban mayor interés que otras, pero, en general, la gente parecía bastante indiferente. Llevaban un montón de años viendo el concurso de las estatuas de tomates, y aunque para un primerizo era algo sin duda espectacular, para los habitantes de Ciudad Verdura pocas cosas podían llamarles ya la atención. Sin embargo, al pasar por delante de la pequeña estatua del niño, las reacciones diferían ligeramente con respecto a las mostradas al ver el resto de las piezas.
Caramba, qué cutre. Ahora ya ni se esfuerzan en hacer algo decente —murmuró una señora—. Hay que tener cara para presentar algo así.
Pues a mí me gusta —le respondió su hijo pequeño, que iba agarrado de la mano—. Las mariposas me parecen muy bonitas.
No me parece digna de este concurso —comentó otro señor.
Podrían al menos haberla hecho más grande — observó un chico.
Más gente fue pasando y pasando, cada cual haciendo sus comentarios. La verdad es que al niño lo habían puesto bastante triste.
Pequeño, ¿sabes quién ha hecho esta escultura? —le preguntó un señor.
El niño tardó un rato en contestar. Una pequeña lágrima surcó su mejilla, mientras apretaba los dientes. Luego movió la cabeza de lado a lado, nervioso, como mostrando una negación. Sin embargo, cuando terminó, lo reconoció:
La he hecho yo.
El señor miró al niño de arriba abajo, atónito. Luego, sin mediar palabra, se alejó en dirección al centro de la plaza. Allí se unió a un grupo de hombres y mujeres que charlaban animadamente. Al cabo de un rato, se subió al palco de color verde que habían instalado para la entrega de premios, y comenzó a hablar por el micrófono:
Queridos ciudadanos de Ciudad Verdura —comenzó—. Llevamos ya veintisiete ediciones de nuestro famoso y mundialmente conocido concurso de talla de tomates. En estos veintisiete años hemos premiado de todo: la originalidad, la espectacularidad, la grandeza, el detallismo, el mensaje... Pero hoy me gustaría que el premio fuera diferente. Nos gustaría premiar, tanto a mí que soy vuestro alcalde como al comité de entrega de premios, a la escultura realizada por el pequeño joven Rubén García, autor de la obra “la mariposa en el rosal”. Lo vamos a premiar por su tesón, por su valentía, y por su hermosa simplicidad. Rubén, por favor, sube al palco a recibir tu premio.
El niño, atónito, no se creía lo que estaba escuchando. Pero la mirada que el señor le dirigía directamente a él no dejaba lugar a dudas: ese año había ganado el premio.
Subió vacilante al palco, y cuando lo hizo, pudo ver a sus dos padres observándolo emocionados. Lo miraban y lloraban. Se habían acercado aquella tarde a pasar el rato observando las esculturas participantes, pero no podían imaginarse que su hijo les hubiera desobedecido y se hubiera presentado al premio. Y menos aún, que fuera a ganarlo.
Hola —dijo Rubén, sosteniendo su recién conseguida copa en la mano—, me llamo Rubén. Me he presentado a este concurso porque me gustaba mucho esculpir los tomates. No me esperaba ganarlo, y menos aún cuando escuché a la gente decir que mi mariposa no les gustaba. Pero no importa, estoy muy agradecido al alcalde por haberme dado el premio, y a todos vosotros por venir a ver las esculturas. ¡Ah! Y también quería darles las gracias a mis padres, que son los que me cuidan, me visten, me dan de comer y juegan conmigo.

Toda la plaza estalló en una gran ovación, llena de aplausos y vítores. La gente estaba de acuerdo en que Rubén hubiera ganado el premio.



lunes, 12 de octubre de 2015

El tiovivo y la tienda de pájaros

Foto: Marta Santos
No todos los feriantes son iguales.

Álvaro, por ejemplo, era un feriante fuera de lo común. Vivía siempre en la misma ciudad, y sólo sacaba su atracción cuando llegaban las fiestas de ésta, una vez al año. Él, además, tenía una tienda de pájaros. No vendía ninguna otra mascota, pues ningún otro animal le gustaba lo suficiente como para tenerlo en su tienda.

Es por esto que aquella tienda, poco a poco, se convirtió en el referente de toda aquella persona que quería comprar un pájaro, pues Álvaro sabía muchísimo de estos. Tenía un montón de pájaros, y de todas las especies imaginables: colibrís, canarios, ruiseñores, loros, golondrinas, estorninos... y hasta un quetzal.

El quetzal era un ave de Sudamérica, a la cual era realmente difícil ver volar en libertad. Los antiguos aztecas le llamaron “quetzal” de la palabra “quetzalli”, que significa “sagrado o precioso”. Sólo se juntaba con otros quetzales en época de cría, y decía la leyenda que moriría si alguien lo capturaba y lo privaba de su libertad. Sin embargo, el quetzal de Álvaro llevaba ya cinco años con él en su tienda.
 Era realmente precioso, con el pecho y las alas verdes y un vientre de color rojo encendido; aunque lo que más llamaba la atención de su fisionomía era la larga cola verde que salía de su pequeño cuerpo. Álvaro lo había encontrado en una expedición por la selva, resguardado en el hueco de un árbol. Nadie más se daba cuenta de su presencia, aunque el pequeño quetzal miraba fijamente a Álvaro, como si lo conociera. En ese momento, el chico se quedó embobado mirándolo.
Avanzó ligeramente, dando un paso hacia adelante, procurando hacerlo despacio y en la dirección contraria a la del viento, para que la pequeña ave no se asustase. Sin embargo, la pequeña criatura no parecía dispuesta a moverse de allí, pasase lo que pasase. Incluso tras un pequeño resbalón de Álvaro producido al pisar una piedra, el quetzal se quedó inmóvil en su árbol, con la mirada continuamente fija en el chico. Aquello era lo que en el lenguaje del amor se llamaría “un flechazo”. Él no lo dudó más, y cuando llegó a la altura del quetzal, lo invitó a posarse sobre su dedo, cosa que el ave hizo con gusto.
Continuaron así hasta terminar la expedición y llegar al hotel, y entonces Álvaro se buscó una manera adecuada de transportarlo. El quetzal aguantó todo el viaje de vuelta a España, y es más: cada vez parecía estar más vivo. El chico procuraba cuidarlo bien y alimentarlo de aguacatillos y moscas, tal como haría el mismo pájaro de encontrarse en libertad.
Aquel ejemplar de quetzal que podía estar vivo en cautividad no tardó en llamar la atención de los naturalistas, lo que atrajo a un montón de gente a aquella tienda y la llenó de una fama que, a día de hoy, cinco años después, todavía perduraba.
Álvaro sabía que no podía despegarse demasiado de aquella maravillosa ave, pues podría morir y él se sentiría muy culpable. Así que, poco a poco, dejó de pasear su tiovivo por todas las fiestas de la comarca, y empezó a sacarlo cada vez menos. Hasta ese momento, Álvaro había sido uno de los feriantes más activos y que más se movían, pero la cercanía del quetzal y el éxito cada vez mayor de su tienda de pájaros hicieron que tuviera que pasar más tiempo pendiente de estos.
Sin embargo, el tiovivo que habitaba en su corazón nunca dejaba de girar, y es por eso que, aunque fuera sólo una vez al año, Álvaro montaba su tiovivo y lo sacaba a la calle para que los niños pudieran montarse en él y divertirse. Las caras de los pequeños divirtiéndose en su atracción eran algo que lo llenaba de vida y que se quedaba grabado en su retina hasta el año siguiente. Además, cuando algunas personas iban a comprar sus pájaros acompañadas de sus hijos pequeños, sucedía en ocasiones que uno de ellos lo miraba y sonreía. En ese momento, Álvaro sabía que aquel niño o aquella niña habían estado montados en su tiovivo.
El quetzal, volando libre por la parte delantera de su tienda, era lo que más les llamaba la atención, tanto a los niños como a cualquier visitante. El dueño de la tienda no quería enjaularlo, pues, a pesar de que su especie no aguanta la cautividad, este ejemplar había acudido a él y se había adaptado perfectamente a su espacio. Así que quería agradecérselo dejándolo disfrutar de una libertad que los otros pájaros no tenían.
Nunca nadie quiso comprarlo, a pesar de estar a la vista de todos y ser el pájaro que más llamaba la atención. La simbiosis entre él y Álvaro era tan perfecta que cualquier persona entendía que no podría privar al quetzal de su dueño actual, puesto que estaban hechos el uno para el otro. El destino los había unido en la selva, y permanecerían juntos hasta que alguno de los dos muriese. Álvaro trataba de cuidar mucho al quetzal para que el momento de la separación no llegase en su vida.
Tanto era el aprecio que sentía Álvaro por aquel pájaro, y tanta la confianza en que jamás se le perdería, que comenzó a llevarlo a las fiestas de la ciudad, para estar con él mientras su tiovivo giraba, alegrando al gentío. Lo llevaba suelto, como siempre, pero posado en su hombro, como un capitán pirata llevaría a su loro.
Aquella figura del dueño del tiovivo con su quetzal descansando en su hombro se hizo tan mítica que mucha gente comenzó a coger como tradición acercarse a ese tiovivo o dar una vuelta en él, sólo para verle.

Sin embargo, los años fueron pasando, y desgraciadamente una extraña e invasiva enfermedad se hizo presa de la salud de Álvaro en pocos días. Él procuraba cuidarse e irla sobrellevando, pero llegó un momento en el que tuvo que ser ingresado en el hospital. Aquello era a lo que más temía en el mundo, pues al ingresarlo en una habitación de ese lugar tendrían que separarlo de su preciado quetzal.
La hermana de Álvaro le insistió a las enfermeras, a los médicos y a todo el personal de aquel hospital: tenían que dejar entrar al pájaro en la habitación de Álvaro. El enorme amor que sentía por él sería un incentivo realmente valioso para luchar por su propia recuperación. Debido a su insistencia, su entusiasmo y su seguridad, la mujer consiguió que aquella gente le hiciera caso, y a las dos semanas, dejaron entrar al pájaro en la habitación.
Álvaro, que se encontraba ya agonizante y en los estertores de la muerte, tuvo una súbita recuperación. Durante dos días fue capaz de comer y hablar con absoluta normalidad, e incluso fue capaz de levantarse de la cama un rato.
Sin embargo, esa mejoría duró poco, y al tercer día volvía a encontrarse acostado sobre la cama, exánime. El quetzal, entonces, se posó sobre su pecho. Y, como si en ese momento hubiera adivinado el estado de su dueño, Álvaro murió.
La hermana, entonces, se hizo cargo del quetzal.

Cuando hubo pasado el momento doloroso de aceptar aquella muerte, la mujer comenzó a habituarse a cuidar del animal. Comenzó a sentirse mejor en parte gracias a aquel animal, que la seguía fiel, como si quisiera que continuara su vida feliz. Y realmente ésa debía de ser su intención, pues, cuando ya la hermana se hubo recuperado de la muerte de Álvaro y retomó con serenidad y alegría su vida normal, el quetzal murió.

lunes, 5 de octubre de 2015

El país de las palabras olvidadas

Foto: Marta Santos
Érase una vez un país donde habían olvidado las palabras. 

Allí nadie sabía cómo se decía el nombre de la luna. Cuando llegaba la noche, simplemente miraban hacia arriba, señalaban aquel globo blanco que brillaba suspendido en el aire y sonreían.

Los habitantes del país de las palabras olvidadas no necesitaban expresarse verbalmente para entenderse. Cuando se miraban a los ojos, se veían. Sabían a quién tenían enfrente, sabían de dónde venía, adónde iba y qué era lo que quería o necesitaba en aquellos momentos. Por eso muchos decían que los habitantes de aquel país estaban locos, y que eran unos incultos.

Lo más curioso de todo era que aquellos que los llamaban locos luego volvían a sus casas y las llenaban de palabras, pero no se entendían. Hablaban con el vecino, con la pareja, con los padres, con los hijos... Decían palabras, y los otros les respondían palabras. Intercambiaban palabras, las daban y las recibían constantemente, sin parar. Las palabras fluían como ríos desbocados que arrasaban todo a su paso, que se colaban con el viento por entre las rendijas. Las palabras lo llenaban todo. Todos las emitían, pero nadie las escuchaba realmente. Sólo oían lo que querían oír.

Por eso en el país de las palabras olvidadas, había gente que se sentía bien. Pero también había gente que se sentía mal. A veces, cómo se sentían no tenía que ver ni con la presencia ni con la ausencia de las palabras.
Lo cierto es que un día, el presidente del país de las palabras olvidadas decidió congregar a sus habitantes en una gran reunión, en la que se decidiría por mayoría si continuaban viviendo sin palabras o si empezaban a usarlas. Hubo muchos habitantes que se abstuvieron de intervenir, pues realmente les daba lo mismo, pero las disputas entre los que querían instaurar las palabras y los que preferían permanecer sin ellas fueron muy intensas.

El presidente de la nación, después de varias horas de negociaciones infructuosas, decidió que se haría lo que votara la estricta mayoría. Por un voto, ganaron los partidarios de introducir las palabras.
Aquel cambio fue brutal. De un día para otro, los silenciosos hogares y las silenciosas calles de aquel país comenzaron a llenarse de sonidos articulados, fonemas, sílabas... En definitiva: de palabras. El bullicio los primeros días fue ensordecedor. Al no estar acostumbrados, los habitantes del país de las palabras olvidadas las emitían al tuntún, sin ser conscientes de lo que aquellas significaban. Como no les tenían significados asignados, las escenas de confusión eran frecuentes. Seguían entendiéndose con la mirada y los gestos, pero además de ello, debían encargarse de no olvidar emitir palabras a cada instante. Así, las escenas más inverosímiles tuvieron lugar aquellos días:

Por favor, estámpame el jamón—le decía un niño a su madre, para indicar que le pasara la sal.

Recibe. Por cierto, ayer vas a tener que sabotear tu cuarto, que fue muy limpio—le respondía esta, con la intención de indicarle la urgente necesidad de que limpiara su habitación.

Las consecuencias de aquello fueron que todos los habitantes se acostumbraron a usar las palabras independientemente de su significado. Aunque para ninguno de ellos era imprescindible, pues sabían comunicarse sin ellas, el consejo presidencial de acostumbrarse a utilizarlas para lavar la imagen del país había calado muy hondo en ellos.

Pronto, los turistas de otros países comenzaron a llegar, avisados de que en el país de las palabras olvidadas habían vuelto a recordarlas y a utilizarlas. Muchos querían hablar con los habitantes de aquel país para preguntarles cómo se sentían, y para pedirles que les explicaran cómo era que una vez llegaron a ser capaces de comunicarse sin utilizar las palabras. En concreto, el periodista Rubén Mendoza fue uno de los primeros en llegar al país, acompañado de un micrófono y una grabadora.

Dispuesto a recoger los testimonios grabados de aquellos ciudadanos, Rubén Mendoza aterrizó una soleada tarde de agosto en el aeropuerto de la capital. Cansado por las muchas horas de viaje que había tenido que soportar para llegar hasta allí, en cuanto sus pies pisaron la tierra de nuevo lo primero que hizo fue dirigirse en silencio hacia el hotel. Equipado con un mapa y un GPS en su teléfono móvil, en aquellas primeras horas no necesitó entablar conversación con nadie. Se tomó dos horas para descansar en la confortable cama que le habían preparado en el hotel, y a continuación, completamente renovado y despejado, tomó la grabadora y salió a la calle.

El primer lugar en el que se detuvo a recoger opiniones de los ciudadanos del país de las palabras olvidadas, fue una cafetería a rebosar de gente que apareció ante él al doblar la esquina de la calle.

Buenas tardes, señor. Soy Rubén Mendoza, periodista del News Life Journal. Mi diario me ha enviado aquí porque nos ha llegado la noticia de que ustedes por fin han empezado a utilizar las palabras, y es por eso que desearía hacerle unas pequeñas preguntas. ¿Sería tan amable de responderlas? —le preguntó al camarero, que lo observaba con expresión curiosa desde la barra.

Por sin embargo. Claro que supuesto —respondió este. Rubén Mendoza, en ese momento, supo que sería algo complicado hablar con una persona que hacía poco que había comenzado a usar las palabras. Sin embargo, él estaba allí como periodista y su idea inicial al llegar a ese país había sido entrevistarse con la gente, así que siguió adelante.

Muchas gracias. Ahora, ¿podría decirme por favor cuál ha sido su reacción como ciudadano al enterarse de que tenía que empezar a usar las palabras?

Porque me salí en poco. Desde luego si a mi yerno encontré, cara la lluvia tenía.

Rubén Mendoza puso los ojos en blanco, mostrando a su pesar cierta impaciencia. “Este tío es tonto”, pensó. Luego, un cliente entró en el bar. El camarero lo miró. El cliente asintió con la cabeza. El camarero preparó un sándwich vegetal completo y se lo llevó en una bandeja a la mesa, acompañado de un refresco de té frío con limón. El cliente sonrió. Estaba satisfecho.

Rubén Mendoza contemplaba la escena con cierta incredulidad. Aquel hombre que no sabía hilar más de dos palabras con sentido, era capaz sin embargo de cumplir su cometido como camarero a la perfección y conocer las necesidades de sus clientes con solo una mirada. Decididamente, la gente en aquel país tenía algo especial.

El periodista apagó la grabadora, y salió a la calle. Se había propuesto vivir en carne propia cómo era la experiencia de comunicarse sin palabras, y no iba a volver de aquel país sin conseguirlo.


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