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lunes, 18 de julio de 2016

以心伝心 (Ishin-denshin*)

Lo que la mente piensa, el corazón lo transmite
*Expresión tradicional en Japón, que expresa la capacidad para saber leer el alma de un individuo

Imagen: Marta Santos

“Todas las historias han sido escritas ya en algún lugar. Solo hay que concentrarse, dejar que lleguen. Tu mente solo es un obstáculo, y aun así, sigues pensando que para encontrar la historia perfecta necesitas usarla. A menudo, para evitar algo, acabamos provocando acontecimientos que nos llevan a que suceda”.

Esto dijo aquella musa, y luego se retiró.

Era frecuente que me visitara. Ella siempre estaba ahí, susurrándome lo que debía escribir. Yo nunca pensaba las cosas, pero al final, todas las frases, tramas, personajes y situaciones acababan tomando un rumbo sorprendente. La coherencia del texto resultante parecía imposible de conseguir sin premeditación; y sin embargo, así era.

Por eso me sentía tan extraña cuando leía mis propias historias. Sabía que no eran mías. Salían de algún lugar de mí que no estaba presente siempre. Era un lugar muy profundo. Parecía una pescadora que iba en su barco un día de tormenta y que sacaba peces del fondo del lago, de un lugar que nunca conocía el viento ni la tempestad.

En ese lugar no existía el bien ni el mal. Las cosas simplemente eran, y fluían. Ahora eran de una manera; más tarde se convertían en otra. Juzgarlas implicaba resistencia, detener el ritmo, internarse por los caminos complicados que siempre construye el ego.

“Qué dirán, qué pensarán cuando lean esto. ¿Les gustará? ¿Lo verán?”

Cuando lograba olvidarme de estas preguntas y todo me daba igual, los textos crecían como plantas en primavera. Abrían sus hojas, alargaban su tallo, buscaban el sol y acababan desplegando sus flores. Pero en un descuido, en un caprichoso descuido, podían volver a replegarse sobre sí mismos y meterse bajo tierra. Por eso había que vigilar los pensamientos.

No, escribir no era complicado. Lo complicado comenzaba cuando pensaba más allá. Si me centraba en las teclas, ellas fluían solas. Era la simplicidad y la autenticidad máxima. Cuando el ordenador se convertía en una prolongación de mi cuerpo y conseguía fundirme con él para que reflejara con exactitud lo que yo era.

Desnudaba mi mente, mis complejos, pero no me importaba. Deseaba que alguien me conociera, aunque sabía que era complicado. Si alguien llegaba a leerme, solo acertaría a descifrar su propia alma. Me interpretaría con el lenguaje de su realidad, no con el lenguaje de la mía. Si alguien adora a una figura ensangrentada y clavada en una cruz en España, se considerará normal. En un país musulmán lo considerarán idolatría. Y también hay personas que considerarán tarado a cualquiera de los dos. 

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